UN CUMPLEAÑOS DISTINTO
Este pasado abril cumplí los veintiocho. No es que sea demasiado mayor, ni nada por el estilo. No sé por qué, pero fue distinta esta vez.
Hace unos años que ando con depresión. “Depresión crónica” me dijo mi psiquiatra. Vaya, que llevo demasiados años con esta condición, como para no considerarla crónica a este punto de la película. Supongo (y digo supongo) que por este motivo fue un cumpleaños tan extraño para mí.
No me apetecía demasiado cumplir años, la verdad. Pero supongo que había que hacerlo. Supongo.
Digamos que, este año, con la idea de intentar pertenecer al “Club de los 27”, los pensamientos sobre suicidarme eran mucho más frecuentes. Y cada día que pasaba y veía que se acercaba mi cumpleaños, más todavía. Si es que eso era posible.
Poco antes de empezar marzo, tuve una crisis importante en relación a estos pensamientos. No quería seguir viviendo, estaba muy angustiado con la vida y no se me iba de la cabeza el “Quiero ser como Kurt Cobain, Janis Joplin o Amy Winehouse”. Quería desaparecer antes de mi cumpleaños. Tenía la fecha elegida, la hora, e incluso el modo en que iba a cometerlo. Pero un sentido de supervivencia me hizo pedir ayuda en el hospital psiquiátrico más cercano a mi casa.
“Te vamos a ingresar” recuerdo que dijo la psiquiatra de guardia. “Estarás poco más de dos semanas, en el mejor de los casos”. Entré en pánico. ¿Dos semanas? Eso era demasiado tiempo en mi pequeña cabeza autista. Un cambio de planes drástico que iba a durar ni más ni menos que quince días a lo mínimo. Entonces, como un rayo, me vino a la cabeza lo que había que hacer.
Acepté el ingreso voluntario. Accedí al ala de agudos de psiquiatría y allí estuve internado.
Durante el ingreso vi alguna cara conocida, pero al haber transicionado yo, pues esas personas no me reconocieron a mí. Y mejor, la verdad. No me apetecía que se supiera que había estado por allí. Más que nada por el hecho que, si alguien de mi antiguo pueblo sabía que yo había estado ingresado, la voz correría y se esparciría hasta llegar a mi familia. Y ni ganas, la verdad.
Mi psiquiatra del hospital, el que me atendió durante el ingreso, un diez. El cielo ganado tiene. Me ayudó bastante tenerlo como referente, además que fue el que me planteó bajar la dosis de la medicación en vez de subirla. “Me gustaría saber cómo eres sin tomar tanta medicación” me dijo en una ocasión. Estando allí, pude exteriorizar todo lo que me pasaba por la cabeza en relación con el cumpleaños. Y pude llegar a verbalizar mi miedo a morir.
A los cuatro días de estar ingresado, me dieron permiso para pasar el fin de semana en casa, acompañado. Fue un fin de semana tranquilo, y lo agradecí. El martes siguiente me dieron el alta. Al final no fue ni semana y media de ingreso. Y mi cabeza autista lo agradeció.
Aún así, se acercaba mi cumpleaños. Y no quería cumplir años.
Salió a la luz el “pacto con el diablo” que hice siendo adolescente, poco después de mi primer intento de suicidio. “Solo quiero 10 años más” pensé en ese momento. Y la fecha se acercaba y no podía hacer nada para evitar el deadline.
”Y una vez cumplas los veintiocho, ¿qué va a pasar?” Me preguntó el psiquiatra del hospital. No supe responder. También me lo preguntó mi mujer en más de una ocasión. Tampoco supe qué responder a eso.
Y fueron pasando los días, hasta llegar al veinticuatro de abril. Cumplí los veintiocho.
Entonces, entendí qué pasaba al cumplir esa edad que no querías cumplir.
Absolutamente nada. El mundo no se para, tu vida sigue y solamente has cumplido un año más.
El pacto que hice con el diablo siendo adolescente, se había esfumado. Y no había pasado nada, no me había muerto. No me culpé en ningún momento por no haber conseguido mis objetivos antes de esta fecha. Celebré el seguir vivo.
No voy a decir que esté estupendamente, para nada lo estoy. Tengo mis altibajos, tengo mis recaídas. Tengo mis momentos buenos y mis momentos malos.
Supongo que, ahora lo que toca es ponerse otra meta que no sea tan drástica como la de “El Club de los 27”. Ir poco a poco avanzando a contracorriente de la vida, enfrentar las dificultades que esta me pone día a día. Mejorar como persona, mejorar mi salud (tanto física como mental) y mejorar mi alrededor. No puedo cambiar el mundo, pero sí que puedo cambiar mi mundo.
Así que, ahora, toca seguir viviendo. Aunque de miedo, aunque no me guste, aunque lo que quiera sea hacerme bolita y desaparecer.
Toca vivir.
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