dimarts, 16 de juny del 2026

UN CUMPLEAÑOS DISTINTO


Este pasado abril cumplí los veintiocho. No es que sea demasiado mayor, ni nada por el estilo. No sé por qué, pero fue distinta esta vez.


Hace unos años que ando con depresión. “Depresión crónica” me dijo mi psiquiatra. Vaya, que llevo demasiados años con esta condición, como para no considerarla crónica a este punto de la película. Supongo (y digo supongo) que por este motivo fue un cumpleaños tan extraño para mí.

No me apetecía demasiado cumplir años, la verdad. Pero supongo que había que hacerlo. Supongo.


Digamos que, este año, con la idea de intentar pertenecer al “Club de los 27”, los pensamientos sobre suicidarme eran mucho más frecuentes. Y cada día que pasaba y veía que se acercaba mi cumpleaños, más todavía. Si es que eso era posible.

Poco antes de empezar marzo, tuve una crisis importante en relación a estos pensamientos. No quería seguir viviendo, estaba muy angustiado con la vida y no se me iba de la cabeza el “Quiero ser como Kurt Cobain, Janis Joplin o Amy Winehouse”. Quería desaparecer antes de mi cumpleaños. Tenía la fecha elegida, la hora, e incluso el modo en que iba a cometerlo. Pero un sentido de supervivencia me hizo pedir ayuda en el hospital psiquiátrico más cercano a mi casa.


“Te vamos a ingresar” recuerdo que dijo la psiquiatra de guardia. “Estarás poco más de dos semanas, en el mejor de los casos”. Entré en pánico. ¿Dos semanas? Eso era demasiado tiempo en mi pequeña cabeza autista. Un cambio de planes drástico que iba a durar ni más ni menos que quince días a lo mínimo. Entonces, como un rayo, me vino a la cabeza lo que había que hacer.

Acepté el ingreso voluntario. Accedí al ala de agudos de psiquiatría y allí estuve internado.


Durante el ingreso vi alguna cara conocida, pero al haber transicionado yo, pues esas personas no me reconocieron a mí. Y mejor, la verdad. No me apetecía que se supiera que había estado por allí. Más que nada por el hecho que, si alguien de mi antiguo pueblo sabía que yo había estado ingresado, la voz correría y se esparciría hasta llegar a mi familia. Y ni ganas, la verdad.

Mi psiquiatra del hospital, el que me atendió durante el ingreso, un diez. El cielo ganado tiene. Me ayudó bastante tenerlo como referente, además que fue el que me planteó bajar la dosis de la medicación en vez de subirla. “Me gustaría saber cómo eres sin tomar tanta medicación” me dijo en una ocasión. Estando allí, pude exteriorizar todo lo que me pasaba por la cabeza en relación con el cumpleaños. Y pude llegar a verbalizar mi miedo a morir.


A los cuatro días de estar ingresado, me dieron permiso para pasar el fin de semana en casa, acompañado. Fue un fin de semana tranquilo, y lo agradecí. El martes siguiente me dieron el alta. Al final no fue ni semana y media de ingreso. Y mi cabeza autista lo agradeció.

Aún así, se acercaba mi cumpleaños. Y no quería cumplir años.

Salió a la luz el “pacto con el diablo” que hice siendo adolescente, poco después de mi primer intento de suicidio. “Solo quiero 10 años más” pensé en ese momento. Y la fecha se acercaba y no podía hacer nada para evitar el deadline.

”Y una vez cumplas los veintiocho, ¿qué va a pasar?” Me preguntó el psiquiatra del hospital. No supe responder. También me lo preguntó mi mujer en más de una ocasión. Tampoco supe qué responder a eso.


Y fueron pasando los días, hasta llegar al veinticuatro de abril. Cumplí los veintiocho.

Entonces, entendí qué pasaba al cumplir esa edad que no querías cumplir.

Absolutamente nada. El mundo no se para, tu vida sigue y solamente has cumplido un año más.

El pacto que hice con el diablo siendo adolescente, se había esfumado. Y no había pasado nada, no me había muerto. No me culpé en ningún momento por no haber conseguido mis objetivos antes de esta fecha. Celebré el seguir vivo.


No voy a decir que esté estupendamente, para nada lo estoy. Tengo mis altibajos, tengo mis recaídas. Tengo mis momentos buenos y mis momentos malos.


Supongo que, ahora lo que toca es ponerse otra meta que no sea tan drástica como la de “El Club de los 27”. Ir poco a poco avanzando a contracorriente de la vida, enfrentar las dificultades que esta me pone día a día. Mejorar como persona, mejorar mi salud (tanto física como mental) y mejorar mi alrededor. No puedo cambiar el mundo, pero sí que puedo cambiar mi mundo.


Así que, ahora, toca seguir viviendo. Aunque de miedo, aunque no me guste, aunque lo que quiera sea hacerme bolita y desaparecer.


Toca vivir.


dimarts, 31 de març del 2026

LA SÁBANA


Polvo. Polvo y sábanas. Sábanas que cubren muebles. Y, por supuesto, muebles viejos en un desván más viejo aún. Muebles tapados por sábanas de hace tanto tiempo que todavía estaría vivo Matusalén seguramente. Y entre esos muebles cubiertos por sábanas a la vez cubiertas por polvo, se oye mi respiración entrecortada a causa del asma y la alergia a este último.


Por muy tapada que lleve la cara con una mascarilla quirúrgica (algo bueno debió tener el hecho de vivir una pandemia mundial) puedo notar como los ácaros se cuelan por mi nariz y bajan hasta los pulmones, si es que es eso posible. Y me ahogo. Toso, estornudo y respiro con dificultad. Si es que me cago en todo. 

“¿Y me tiene que tocar a mí limpiar toda esta mierda?” Pienso mientras maldigo a mi abuela difunta por su Síndrome de Diógenes incontrolable. Nadie de mi familia se ha querido hacer cargo de vaciar su piso, y el dinero no es que sobre para poder contratar un servicio de vaciado de casas. Así que le tiene que tocar a la pringada de turno. Como no.


“Pues nada, a por ello” digo para mis adentros cuando escucho un ruido que proviene del centro del desván. “Lo que me faltaba. Fantasmas.” Me río a carcajada limpia y empiezo a toser de nuevo. Noto que me ahogo, así que decido abrir la ventana de esta claustrofóbica habitación. Me bajo la mascarilla y empiezo a respirar el aire fresco de finales de febrero. Un orgasmo para mis pulmones.


”Clac.”


Otra vez el ruido. “He atravesado el desván y no he visto nada. ¿Qué ha sido el ruido? ¿Será mi subconsciente?” Prefiero no pensar en ello, así que me pongo de nuevo la mascarilla y empiezo a quitar las sábanas que cubren los muebles. Esas sábanas cubiertas de polvo que están dispuestas de tal manera que parece ser la ambientación de una película de miedo tipo Los Otros. Una, dos y tres. Cinco, ocho y hasta quince sábanas distintas.


”Clac.”


Ignoro el ruido. O más bien dicho, intento ignorarlo. Me está empezando a poner nerviosa. 

Quito otra sábana y veo mi reflejo en un espejo. Estoy deformada y me da la risa nerviosa. No me gusta este reflejo.


”Clac.”


Esta vez ya me he asustado de verdad. Empiezo a respirar más agitadamente. No creo que sea mi subconsciente. “¿Será mi madre gastándome una broma? No creo que sea mi abuela difunta… ¿No, verdad?”

Intento averiguar de dónde proviene el ruido, cada vez más repetitivo. Visualizo una caja de madera, cerrada con un candado y, a su lado, un manojo de llaves. Entre ellas se encuentra la que parece una llave pequeña que podría encajar en la cerradura.


”Clac.”


Me acerco lentamente pero con la respiración entrecortada de nuevo, esta vez sin ser a causa del polvo. Agarro el manojo de llaves y, con la llave más pequeña en mano, decido ser valiente e intentar abrir el candado.


”CLAC CLAC CLAC.”


Me cago en todo lo cagable.

”¿Estás segura que quieres abrir la caja?” Me dice una voz en mi interior. Eso o la he oído de verdad. A estas alturas de la película ya no sé qué creer.

Me hago valiente y abro el candado. Abro la caja y…


Nada.

Absolutamente nada.

Respiro tranquilamente. Me río, aún un poco nerviosa por el mal trago. Cuando de repente vuelvo a oírlo.


”CLAC CLAC CLAC.”


“ES QUE NO TE CREO.” Maldigo mi existencia a este punto. Y entonces lo veo. Una apertura en el fondo de la caja. Sale un… ¿papel? “¿Pero qué…?” Y lo cojo. Lo cojo con mis manos porque es que no sé pensar antes de actuar. Y una vez en mis manos, ese ruidito cesa. Dejo de oír. No sé cuánto tiempo paso así, pero mi cuerpo hace pantallazo azul, apagón, como lo quieras llamar, y se apaga. Me caigo. Todo negro.


No sé cuánto tiempo ha pasado, pero cuando recobro la consciencia, algo me hace cosquillas en la nariz. Abro los ojos tan rápido como puedo y, entonces, lo veo. Más bien dicho, la veo. Un pequeño mueble tapado por una sábana cubierta de ese dichoso polvo que se me cuela por los pulmones. A menos de dos centímetros de mi cara.

Me quedo inmóvil, presa del pánico. Quiero llorar, pero no tengo fuerza alguna para sacar una lágrima. Quiero gritar pero algo ha drenado mi energía. La sábana se mueve. Se desliza suavemente hacia un lateral. Cierro los ojos con fuerza y…


Y vuelven las cosquillas en la nariz. Abro los ojos, esta vez muy lentamente. Y ahí están. Esos ojos grises, del tono de un invierno triste. Parece que me guiña un ojo. Levanto la cabeza, me incorporo lentamente hasta sentarme. Respiro profundamente intentando que la ansiedad no se apodere de mí. Intentando que esos ácaros no vuelvan a recorrer mi nariz y mi tráquea hasta llegar al fondo de mis pulmones. Toso con fuerza. Me fijo bien en lo que tengo delante.


”CLAC.”


Y, por fin, identifico de dónde viene ese ruido que antes me aterraba. Y se me saltan las lágrimas, a causa del alivio que siento al ver una bolita peluda color crema con unos ojos grises del tono de un invierno triste. “Miau” me dice la bolita peluda. Y suena de repente el “clac” que tanto he odiado al verle intentar golpear la caja del candado con sus patitas débiles.

Y noto sus uñas clavándose en mi regazo. Y noto una vibración que ronronea una vez se ha podido acurrucar en mis piernas. “¿Tiene frío?” Digo para mis adentros.

Fijándome bien, ese gato está esquelético. “¿Cuánto tiempo llevará aquí él solo vagando hasta que alguien suba? ¿Cómo ha podido mantenerse vivo si no hay comederos ni bebederos? Pobre.”


Y lo decido, me lo llevo a casa. Ya me inventaré que les digo a mis padres.

Dejo a medias la tarea de limpiar el desván. Ese desván lleno de muebles, cubiertos de sábanas a su vez cubiertas de polvo, ese polvo que me destroza los pulmones por mucho que me tape la cara con una mascarilla quirúrgica.


Y entonces caigo en la cuenta. “El papel.” Todavía lo llevo en la mano. Ni me acordaba, con la llegada de mi nuevo amigo peludo. “Aún no he decidido cómo llamarle” pienso mientras desdoblo el papelito que había bajo una plancha de madera, dentro de la caja cerrada con candado y tapada con una sábana. Una sábana llena de polvo mugriento.

”POR FAVOR, NO COJÁIS NINGÚN GATO QUE APAREZCA POR ARTE DE MAGIA EN MI DESVÁN. -YAYA”

 

dilluns, 30 de març del 2026

 

EL ÚLTIMO SOL


Huele a sal y las olas rompen contra la orilla. Hoy hace buen tiempo. Sí, definitivamente, hoy hace muy buen tiempo. Quiero bañarme. Y luego salir a correr por la playa con Hugo. Como te quiero, Hugo. Eres el mejor.


  • ¡Vicky! - oigo como me llama. - ¿Vamos a bañarnos?


Sonrío y corro hacia el mar. Bueno, más o menos. Me fallan las piernas y me caigo a medio camino. Empiezo a reírme. Hugo se acerca preocupado y me ayuda a levantarme. Y, ahora sí, vamos ambos corriendo hacia la orilla.

Antes de mojarme, acerco mi nariz al agua y absorbo ese aroma a mar que tanto me encanta. Me siento feliz. Un poco dolorida de la caída, pero feliz al fin y al cabo. Levanto la cabeza y cierro los ojos, un poco cegada por la intensidad de la puesta de sol. Da igual que sea primavera, hoy hace un día espectacular para bañarse. Como cada día del año, ¿no?


  • ¡Vicky! ¡Que vengo a por ti!


Entonces, sus fuertes brazos me agarran de la cintura y me ayudan a meterme en el mar, lentamente. Que dulce es. Incluso en mi estado de debilidad me sigue queriendo como el primer día que nos conocimos. ¡Es que no puedo quererlo más!


Me sujeta dulcemente debajo de mi cintura y mi pecho, y me acompaña mientras yo chapoteo felizmente en el agua. “Es el mejor día de mi vida” pienso mientras sonrío. Esta puesta de sol hace que nuestro momento sea aún más bonito y espectacular, digno de una fotografía para enmarcar.


Me siento mejor que nunca. Aunque mis piernas fallen cada día más, hoy es, sin duda, el mejor día de mi vida. Bueno, miento. Cada día con Hugo es el mejor día de mi vida.


Salimos del mar cuando Hugo empieza a tiritar de frío. Yo no siento que esté tan fría el agua, pero él siempre ha sido más friolero que yo. Me vuelve a agarrar y a subir en sus brazos mientras me lleva hacia la toalla.

Entonces le beso por toda la cara, feliz de haber pasado este momento tan bonito y espectacular con él. Ojalá pudiera hacer fotos. Desde luego, miis manos no están hechas para coger objetos tan delicados. Pienso que es un gran día para fotografiar. Además, verle sonreír es de las cosas más bonitas que he visto nunca. Y eso también merece ser fotografiado y enmarcado.


Y entonces saca de la mochila una cámara Reflex, dispuesto a inmortalizar el mejor día de mi vida. No puedo estar más feliz.


  • Túmbate, te voy a sacar la mejor foto que has visto jamás - dice sonriendo.


Haciéndole caso, me tumbo en la toalla boca arriba y sonrío sacando la lengua. Entonces, él empieza su sesión de fotos.

Me hace tan feliz que haya pensado en inmortalizar este día… “Te quiero tanto, Hugo. Me hace tan feliz que hayas decidido pasar conmigo este día. ¡Y el anterior y el de mañana, claro!”


Me ayuda a secarme y entonces llegan sus lágrimas.


  • Lo siento, Vicky… Lo siento muchísimo… - Dice mientras rompe a llorar desconsoladamente.


Le abrazo y dejo que llore en mi hombro todo lo que necesite. Le doy esos besitos en la cara que tan feliz le hacen, pero, en vez de dejar de llorar, sigue y cada vez con más fuerza. No lo entiendo. ¿Qué le pasa?


  • Vicky… - consigue decir con un hilo de voz. - Lo siento mucho porque… Este va a ser tu último baño en el mar. Tu doctora ha encontrado que tienes una enfermedad muy mala y… y… y no hay solución alguna. Lo hemos intentado todo, de verdad. Lo siento tanto Vicky… - desconsolado, Hugo me abraza con más fuerza. - Mañana por la mañana, te dormirás en casa y ya no volveremos a vernos… Lo siento mucho…


No entiendo nada de lo que me dice. Le doy besos en la cara, como a él tanto le gustan. Entonces se separa de mí, me acaricia la cabeza y me hace sonreír con su mirada, aunque ésta esté ahogada en lágrimas que no han llegado a caer. Estoy feliz de poder pasar el mejor día de mi vida con él.


  • Te quiero, Vicky. Eres la mejor compañera de vida que jamás nadie ha podido desear. - Y entonces veo su sonrisa y se me derrite el corazón. - Buena chica. - Me acaricia de nuevo la cabeza, justo entre mis orejas caídas, y decido saltarle encima a darle besos. - Buena chica, buena chica. Eres la mejor perrita que jamás nadie podría desear. - Me aparto unos centímetros y me tumbo en su regazo. Vemos como cada vez la puesta de sol desaparece más en el horizonte marítimo. - Gracias por estos veinte años acompañándome. Te quiero, Vicky - dice mientras vemos desaparecer el sol.


“¡Yo también te quiero, Hugo!”


UN CUMPLEAÑOS DISTINTO Este pasado abril cumplí los veintiocho. No es que sea demasiado mayor, ni nada por el estilo. No sé por qué, pero fu...