LA SÁBANA
Polvo. Polvo y sábanas. Sábanas que cubren muebles. Y, por supuesto, muebles viejos en un desván más viejo aún. Muebles tapados por sábanas de hace tanto tiempo que todavía estaría vivo Matusalén seguramente. Y entre esos muebles cubiertos por sábanas a la vez cubiertas por polvo, se oye mi respiración entrecortada a causa del asma y la alergia a este último.
Por muy tapada que lleve la cara con una mascarilla quirúrgica (algo bueno debió tener el hecho de vivir una pandemia mundial) puedo notar como los ácaros se cuelan por mi nariz y bajan hasta los pulmones, si es que es eso posible. Y me ahogo. Toso, estornudo y respiro con dificultad. Si es que me cago en todo.
“¿Y me tiene que tocar a mí limpiar toda esta mierda?” Pienso mientras maldigo a mi abuela difunta por su Síndrome de Diógenes incontrolable. Nadie de mi familia se ha querido hacer cargo de vaciar su piso, y el dinero no es que sobre para poder contratar un servicio de vaciado de casas. Así que le tiene que tocar a la pringada de turno. Como no.
“Pues nada, a por ello” digo para mis adentros cuando escucho un ruido que proviene del centro del desván. “Lo que me faltaba. Fantasmas.” Me río a carcajada limpia y empiezo a toser de nuevo. Noto que me ahogo, así que decido abrir la ventana de esta claustrofóbica habitación. Me bajo la mascarilla y empiezo a respirar el aire fresco de finales de febrero. Un orgasmo para mis pulmones.
”Clac.”
Otra vez el ruido. “He atravesado el desván y no he visto nada. ¿Qué ha sido el ruido? ¿Será mi subconsciente?” Prefiero no pensar en ello, así que me pongo de nuevo la mascarilla y empiezo a quitar las sábanas que cubren los muebles. Esas sábanas cubiertas de polvo que están dispuestas de tal manera que parece ser la ambientación de una película de miedo tipo Los Otros. Una, dos y tres. Cinco, ocho y hasta quince sábanas distintas.
”Clac.”
Ignoro el ruido. O más bien dicho, intento ignorarlo. Me está empezando a poner nerviosa.
Quito otra sábana y veo mi reflejo en un espejo. Estoy deformada y me da la risa nerviosa. No me gusta este reflejo.
”Clac.”
Esta vez ya me he asustado de verdad. Empiezo a respirar más agitadamente. No creo que sea mi subconsciente. “¿Será mi madre gastándome una broma? No creo que sea mi abuela difunta… ¿No, verdad?”
Intento averiguar de dónde proviene el ruido, cada vez más repetitivo. Visualizo una caja de madera, cerrada con un candado y, a su lado, un manojo de llaves. Entre ellas se encuentra la que parece una llave pequeña que podría encajar en la cerradura.
”Clac.”
Me acerco lentamente pero con la respiración entrecortada de nuevo, esta vez sin ser a causa del polvo. Agarro el manojo de llaves y, con la llave más pequeña en mano, decido ser valiente e intentar abrir el candado.
”CLAC CLAC CLAC.”
Me cago en todo lo cagable.
”¿Estás segura que quieres abrir la caja?” Me dice una voz en mi interior. Eso o la he oído de verdad. A estas alturas de la película ya no sé qué creer.
Me hago valiente y abro el candado. Abro la caja y…
Nada.
Absolutamente nada.
Respiro tranquilamente. Me río, aún un poco nerviosa por el mal trago. Cuando de repente vuelvo a oírlo.
”CLAC CLAC CLAC.”
“ES QUE NO TE CREO.” Maldigo mi existencia a este punto. Y entonces lo veo. Una apertura en el fondo de la caja. Sale un… ¿papel? “¿Pero qué…?” Y lo cojo. Lo cojo con mis manos porque es que no sé pensar antes de actuar. Y una vez en mis manos, ese ruidito cesa. Dejo de oír. No sé cuánto tiempo paso así, pero mi cuerpo hace pantallazo azul, apagón, como lo quieras llamar, y se apaga. Me caigo. Todo negro.
No sé cuánto tiempo ha pasado, pero cuando recobro la consciencia, algo me hace cosquillas en la nariz. Abro los ojos tan rápido como puedo y, entonces, lo veo. Más bien dicho, la veo. Un pequeño mueble tapado por una sábana cubierta de ese dichoso polvo que se me cuela por los pulmones. A menos de dos centímetros de mi cara.
Me quedo inmóvil, presa del pánico. Quiero llorar, pero no tengo fuerza alguna para sacar una lágrima. Quiero gritar pero algo ha drenado mi energía. La sábana se mueve. Se desliza suavemente hacia un lateral. Cierro los ojos con fuerza y…
Y vuelven las cosquillas en la nariz. Abro los ojos, esta vez muy lentamente. Y ahí están. Esos ojos grises, del tono de un invierno triste. Parece que me guiña un ojo. Levanto la cabeza, me incorporo lentamente hasta sentarme. Respiro profundamente intentando que la ansiedad no se apodere de mí. Intentando que esos ácaros no vuelvan a recorrer mi nariz y mi tráquea hasta llegar al fondo de mis pulmones. Toso con fuerza. Me fijo bien en lo que tengo delante.
”CLAC.”
Y, por fin, identifico de dónde viene ese ruido que antes me aterraba. Y se me saltan las lágrimas, a causa del alivio que siento al ver una bolita peluda color crema con unos ojos grises del tono de un invierno triste. “Miau” me dice la bolita peluda. Y suena de repente el “clac” que tanto he odiado al verle intentar golpear la caja del candado con sus patitas débiles.
Y noto sus uñas clavándose en mi regazo. Y noto una vibración que ronronea una vez se ha podido acurrucar en mis piernas. “¿Tiene frío?” Digo para mis adentros.
Fijándome bien, ese gato está esquelético. “¿Cuánto tiempo llevará aquí él solo vagando hasta que alguien suba? ¿Cómo ha podido mantenerse vivo si no hay comederos ni bebederos? Pobre.”
Y lo decido, me lo llevo a casa. Ya me inventaré que les digo a mis padres.
Dejo a medias la tarea de limpiar el desván. Ese desván lleno de muebles, cubiertos de sábanas a su vez cubiertas de polvo, ese polvo que me destroza los pulmones por mucho que me tape la cara con una mascarilla quirúrgica.
Y entonces caigo en la cuenta. “El papel.” Todavía lo llevo en la mano. Ni me acordaba, con la llegada de mi nuevo amigo peludo. “Aún no he decidido cómo llamarle” pienso mientras desdoblo el papelito que había bajo una plancha de madera, dentro de la caja cerrada con candado y tapada con una sábana. Una sábana llena de polvo mugriento.
”POR FAVOR, NO COJÁIS NINGÚN GATO QUE APAREZCA POR ARTE DE MAGIA EN MI DESVÁN. -YAYA”